Llegaron las vacaciones y mis padres decidieron enviarme a Uruguay a pasar unas semanas con un tío que estaba encargado de administrar una estancia en el departamento de Tacuarembó.El objetivo era que no perdiera contacto con mis raíces orientales (de la banda oriental se sobreentiende) ya que peligrosamente habia adquirido varios hábitos de la juventud japonesesa, que esta muy mal de la capocha.
Así que no hubo mejor idea que mandarme a estar en contacto con la naturaleza y las costumbres de los hombres de nuestro campo. La adaptación me costo bastante, venía del primer mundo y mi trato con animales se limitaba a alimentar y cuidar un llavero con bateria de litio que cumplia las funciones de mascota personal, que murio misteriosamente, posiblemente víctima de una tormenta eléctrica.
De pronto me encontraba montando a caballo y gritándoles a unas vacas toda clase de insultos para hacerles entender hacia donde debian dirigirse. Pero me acostumbré a mi nueva vida, no tenía más alternativa, ya que el aislamiento de aquel lugar y los efectos que le habían causado a la psiquis de mi querido familiar, hacían imposible pensar en una fuga o cualquier otro tipo de evasión. No me decidia entre que me atormentaba más, estar perdido en la oscuridad del campo o las consecuencias de ocasionarle un disgusto a mi tío; esta indecisión me condujo a la resignación.
Los días pasaban lentamente, no habia tele, el único medio que nos mantenía en contacto con la realidad del mundo exterior era la radio. Una mañana, la recuerdo con claridad, estaba en la cocina echando unos palos a la cocina a leña, en ese momento retumba por la habitación la inconfundible música que anunciaba un boletin especial y urgente de la emisora local, el locutor empleando un tono dramático alertaba sobre un brote de fiebre aftosa en un departamente vecino.
Con el correr de los días las noticias se sucedieron y la propagación del mal se dio por hecho, el gobierno decidió vacunar al rodeo nacional y empezó a repartir las vacunas.
La cara de preocupación de mi tío me inquietaba, no creia que el hecho de la pérdida de mercados para la exportación y la consiguiente baja del precio del ganado le generarn tanta angustia, teniendo en cuenta que los animales ni siquiera eran de su propiedad. Más tarde comprendí que era lo que lo preocupaba, su gran temor era que el virus me hubiese afectado, no soporto más ese sentimiento de culpa y tomo una valiente decisión, basada en su completa ignorancia biológica y médica, decidió vacunarme contra la aftosa.
Conservaba aún algunas vacunas de un brote ocurrido años atrás, tomo una jeringa XXL y procedió a inyectarme. Como todos sabemos una vacuna contiene básicamente una muestra viral leve que cumple la función de activar el sistema inmunológico y hacerlo resistente a dicho virus, pero en este caso es leve para un animal de 400 kgs, para un niño de 55 kg prácticamente es letal.
Mi condición desmejoro rápidamente y los síntomas eran tan variados como repugnantes, hubiese preferido morir que ser trasladado 35 kmts. a caballo hasta la casa con teléfono más cercana, pero ocurrió esto último. Al ver mi crítica situación el noble vecino decidió trasladarme en su camioneta Fordson al pueblo más cercano, donde recibiría un tratamiento apropiado.
Poco a poco los síntomas fueron remitiendo, pero mi estado seguia siendo delicado, al enterarse mis padres de la situación decidieron que no bien estuviera en condiciones de emprender el regreso, lo hiciera, ya que habían coordinado seguir mi tratamiento en una clínica japonesa de primer nivel.
Cuando arribé al aeropuerto de Tokio imediatamente me retiraron la ficha médica por 6 meses y me sometieron a todo tipo de pruebas. Como todos sabemos Japón es un país que se jacta de ser un territorio libre de aftosa, y también de vacas. En esos momentos, mi sola presencia representaba una verdadera amenaza biológica.
Si hubiese sido un buen hijo de vecino sin dudas las autoridades me hubiesen deportado y declarado enemigo público, pero al ser un bástago de un diplomático extranjero, el miedo a ocasionar un incidente internacional, obligo a los nipones a darme el debido tratamiento médico y permitirme la permanencia en su país.
Como los japoneses no tienen ni idea de lo que es Uruguay y teniendo en cuenta la mala experiencia que tuvieron años atrás, ahora lo piensan muy bien antes de armar algún quincho con un país que puede resultar ser una superpotencia nuclear, nunca se sabe.
Me recupere en poco tiempo y pronto volvi a mi primer amor, el fútbol….
sábado, noviembre 04, 2006
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