
En un bar para extranjeros de mala muerte, en la parte antigua de la ciudad de Tokio, mi padre conoció a un parroquiano de aspecto particular, tenía la mirada perdida y lucia una impecable remera verde aceituna con una franja roja que atravesaba su pecho.
Resulto ser Roberto Sedinhio, un brasilero que habia llegado recientemente al país después de un largo viaje. Su extraña mirada tenía una explicación, poco tiempo atrás, fruto de la ingesta de alcohol azul en su Río de Janeiro natal, había perdido gran parte de su visión. Como buenos borrachos empedernidos, mi padre y Roberto no tardaron demasiado en hacerse grandes amigos.
El carioca comento a mi viejo que se ganaba la vida como entrenador de un equipo de fútbol infantil, le confeso que nunca tuvo demasiada idea sobre este deporte ya que desde muy joven se había volcado a la bebida y este hecho lo había irradiado de la practica de cualquier tipo de actividad física.
Lo poco que recordaba sobre fútbol era que después de un partido, cuando tenia 7 años, fue invitado con una cerveza por hinchas del equipo al que defendía, desde ese momento descubrió su verdadera vocación y se abrazo a la botella.
Nunca más piso un campo de juego, hasta que llego en calidad de polizonte a la ciudad portuaria de Nagasaki, en un barco ballenero japonés. Cuando contó esto último se le escapo un lagrimón, lo que denostaba una gran pena oculta. Contaba mi padre tiempo después que la vida a bordo no le resulto nada fácil y que los crueles marineros de ojos rasgados le hicieron pagar un alto precio por el traslado al ocasional compañero de viaje.
El pobre brasilero había abordado el buque en plena alucinación etílica creyendo estar en el Sea Princess, o mejor conocido como Crucero del Amor, la prominente calva del capitán ayudo a confundirlo aún más, pero al tiempo que los efectos de la borrachera que tenía desaparecían y al ver que ni Goffer ni el cantinero Issac aparecían por ningún lado, supo que se había metido en un problema serio.
Su vida en el barco le habia dado un tranco diferente al que tenia cuando caminaba por Ipanema o Copacabana rastreando restos de cerveza en envases abandonados, ahora caminaba con las piernas más arqueadas y los glúteos un poco más apretados; eso y dormir con un ojo abierto fueron las secuelas que le dejo aquella experiencia marítima que tanto lo atormentaba.
Una vez en tierra Roberto busco alguna forma digna de ganarse la vida, ya que el japones no es de dejar restos en las botellas, ni mucho menos envases tirados, por lo cual su anterior rutina paso a ser solo un recuerdo. Decidió presentarse en una agencia de empleo temporal, allí lo atendio una chica bastante atractiva que imediatamente descubrió que hablaba portugués, ya que habia estado chateando con un pibe brasilero de Pelotas. El pelotudo estaba estudiando japonés, vaya a saber con que intención y se engancho con esta loca.
La empleada repitió en un portugues básico: futebol - futebol - Pele - Tody, esto último fuera de contexto, pero tengamos presente que la chica solo repetia sonidos tal cual una cotorra verde en jaula de lata.
La japonesa inmediatamente recordo un puesto que estaba vacante y que de acuerdo a su razonamiento se adaptaba perfectamente al perfil del brasileño, se trataba de la búsqueda de un entrenador para el equipo de fútbol infantil del colegio local.
El anterior DT habia sido detenido por tráfico de pornografia infantil y el puesto estaba vacante.
Roberto no dudo un segundo en aceptar el cargo y para impresionar a la chica agrego en su curriculum que habia jugado en la selección brasileña y se habia retirado del fútbol por una lesión que afecto su visión. La japonesa en ningún momento se impresionó ya que no entendía nada de lo que anoto Roberto en su ficha personal, el brasuca que apenas sabia escribir, hizo unos garabatos y se retiro del local a paso de samba.
Así comenzo la historia de Roberto al frente del Nankatsu....
Resulto ser Roberto Sedinhio, un brasilero que habia llegado recientemente al país después de un largo viaje. Su extraña mirada tenía una explicación, poco tiempo atrás, fruto de la ingesta de alcohol azul en su Río de Janeiro natal, había perdido gran parte de su visión. Como buenos borrachos empedernidos, mi padre y Roberto no tardaron demasiado en hacerse grandes amigos.
El carioca comento a mi viejo que se ganaba la vida como entrenador de un equipo de fútbol infantil, le confeso que nunca tuvo demasiada idea sobre este deporte ya que desde muy joven se había volcado a la bebida y este hecho lo había irradiado de la practica de cualquier tipo de actividad física.
Lo poco que recordaba sobre fútbol era que después de un partido, cuando tenia 7 años, fue invitado con una cerveza por hinchas del equipo al que defendía, desde ese momento descubrió su verdadera vocación y se abrazo a la botella.
Nunca más piso un campo de juego, hasta que llego en calidad de polizonte a la ciudad portuaria de Nagasaki, en un barco ballenero japonés. Cuando contó esto último se le escapo un lagrimón, lo que denostaba una gran pena oculta. Contaba mi padre tiempo después que la vida a bordo no le resulto nada fácil y que los crueles marineros de ojos rasgados le hicieron pagar un alto precio por el traslado al ocasional compañero de viaje.
El pobre brasilero había abordado el buque en plena alucinación etílica creyendo estar en el Sea Princess, o mejor conocido como Crucero del Amor, la prominente calva del capitán ayudo a confundirlo aún más, pero al tiempo que los efectos de la borrachera que tenía desaparecían y al ver que ni Goffer ni el cantinero Issac aparecían por ningún lado, supo que se había metido en un problema serio.
Su vida en el barco le habia dado un tranco diferente al que tenia cuando caminaba por Ipanema o Copacabana rastreando restos de cerveza en envases abandonados, ahora caminaba con las piernas más arqueadas y los glúteos un poco más apretados; eso y dormir con un ojo abierto fueron las secuelas que le dejo aquella experiencia marítima que tanto lo atormentaba.
Una vez en tierra Roberto busco alguna forma digna de ganarse la vida, ya que el japones no es de dejar restos en las botellas, ni mucho menos envases tirados, por lo cual su anterior rutina paso a ser solo un recuerdo. Decidió presentarse en una agencia de empleo temporal, allí lo atendio una chica bastante atractiva que imediatamente descubrió que hablaba portugués, ya que habia estado chateando con un pibe brasilero de Pelotas. El pelotudo estaba estudiando japonés, vaya a saber con que intención y se engancho con esta loca.
La empleada repitió en un portugues básico: futebol - futebol - Pele - Tody, esto último fuera de contexto, pero tengamos presente que la chica solo repetia sonidos tal cual una cotorra verde en jaula de lata.
La japonesa inmediatamente recordo un puesto que estaba vacante y que de acuerdo a su razonamiento se adaptaba perfectamente al perfil del brasileño, se trataba de la búsqueda de un entrenador para el equipo de fútbol infantil del colegio local.
El anterior DT habia sido detenido por tráfico de pornografia infantil y el puesto estaba vacante.
Roberto no dudo un segundo en aceptar el cargo y para impresionar a la chica agrego en su curriculum que habia jugado en la selección brasileña y se habia retirado del fútbol por una lesión que afecto su visión. La japonesa en ningún momento se impresionó ya que no entendía nada de lo que anoto Roberto en su ficha personal, el brasuca que apenas sabia escribir, hizo unos garabatos y se retiro del local a paso de samba.
Así comenzo la historia de Roberto al frente del Nankatsu....

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