domingo, noviembre 26, 2006
sábado, noviembre 11, 2006
los hermanos Korioto

Una vuelta me encontré con los hermanos Korioto a la salida de una boca de metro, venían en sus clásicos scooters, uno blanco y el otro rojo, en honor a los colores del pabellón nacional, los pibes eran muy patriotas. La explicación de este hecho es que el abuelo había sido un piloto kamikaze en la segunda guerra mundial y ellos sentían una gran admiración por ese personaje familiar.
Se trataba de Akeldo Lobu, un tipo muy conocido dentro de la fuerza área japonesa. Había hecho su fama a raíz de su mala suerte, que ya en 1943 era legendaria, pero alcanzó su momento cumbre cuando Akeldo se estrelló en su avión poco antes de llegar a Pearl Harbor, al chocar contra una gaviota.
Se trataba de Akeldo Lobu, un tipo muy conocido dentro de la fuerza área japonesa. Había hecho su fama a raíz de su mala suerte, que ya en 1943 era legendaria, pero alcanzó su momento cumbre cuando Akeldo se estrelló en su avión poco antes de llegar a Pearl Harbor, al chocar contra una gaviota.
Akeldo venia con el cockpit abierto, ventilándolo, ya que minutos antes su organismo había despedido unos gases que hacian irrespirable el aire en el reducido espacio de la cabina. En esos momentos la inocente gaviota impacto contra su cabeza provocándole la inmediata pérdida de conciencia, con las consecuencias fatales que ya conocemos, para el piloto y el ave.
Pero este incidente no empaño en nada la categoría de mártir a la que fue elevado Akeldo y su legado de amor por la patria aún se mantenía orgullosamente vigente en su familia.
Los pibes me vinieron a encarar porque uno de ellos andaba con una tos bastante fea y como sabían que había estado con síntomas similares poco tiempo atrás, querían saber que tratamiento les podía recomendar.
Me hice el oso y les dije que no tenia ni idea y que nunca había tenido una tos así, por algunos días pensé que estaba a punto de desencadenar una epidemia de aftosa entre los japoneses, pero el pibe dejo de fumar los 2 paquetes diarios de Monárquicos sin filtro y al poco tiempo se recuperó, lo que fue un alivio para mi.
Los Korioto tenían fama de ser tipos jodidos, su aspecto era un tanto intimidante, contribuía a acentuar esta percepción su peinado, consecuencia de andar permanentemente en moto y sin casco.
Vivian en el barrio Cuarenta Centurias, uno de los más peligrosos de Tokio. Además, el comentario generalizado era que estos tipos mentían sobre su edad y tenían documentos falsificados, que les permitían jugar en categorías infantiles inferiores a las que verdaderamente les correspondían.
Gracias a esta ventaja hacían la diferencia en materia física, su fuerza y resistencia eran notoriamente superiores, y al estar bien dotados técnicamente les permitía destacarse y ser figuras del fútbol infantil, con los ingresos y prestigio que ello genera.
Las patillas de estos tipos era un indicio inequívoco que tendía a verificar la hipótesis de su mayoría de edad, que más tarde efectivamente se comprobaría. Sucedió cuando los hermanos navegaban en un lancha rápida en pleno Mar de Japón, y fueron detenidos por la armada nipona, que les encauto un voluminoso cargamento de opio que traían desde China.
Cuando fueron procesados quedo en evidencia que los narcotraficantes tenían 22 años, también fueron procesados por falsificación de documentación, ya que los petisos se hacían pasar por pibes de 12 años. Por la droga les dieron 9 meses, pero por las cédulas falsas se comieron 15 años.
Con esto me quedo muy claro que si hay algo que no toleran los japoneses, es la mentira….
Pero este incidente no empaño en nada la categoría de mártir a la que fue elevado Akeldo y su legado de amor por la patria aún se mantenía orgullosamente vigente en su familia.
Los pibes me vinieron a encarar porque uno de ellos andaba con una tos bastante fea y como sabían que había estado con síntomas similares poco tiempo atrás, querían saber que tratamiento les podía recomendar.
Me hice el oso y les dije que no tenia ni idea y que nunca había tenido una tos así, por algunos días pensé que estaba a punto de desencadenar una epidemia de aftosa entre los japoneses, pero el pibe dejo de fumar los 2 paquetes diarios de Monárquicos sin filtro y al poco tiempo se recuperó, lo que fue un alivio para mi.
Los Korioto tenían fama de ser tipos jodidos, su aspecto era un tanto intimidante, contribuía a acentuar esta percepción su peinado, consecuencia de andar permanentemente en moto y sin casco.
Vivian en el barrio Cuarenta Centurias, uno de los más peligrosos de Tokio. Además, el comentario generalizado era que estos tipos mentían sobre su edad y tenían documentos falsificados, que les permitían jugar en categorías infantiles inferiores a las que verdaderamente les correspondían.
Gracias a esta ventaja hacían la diferencia en materia física, su fuerza y resistencia eran notoriamente superiores, y al estar bien dotados técnicamente les permitía destacarse y ser figuras del fútbol infantil, con los ingresos y prestigio que ello genera.
Las patillas de estos tipos era un indicio inequívoco que tendía a verificar la hipótesis de su mayoría de edad, que más tarde efectivamente se comprobaría. Sucedió cuando los hermanos navegaban en un lancha rápida en pleno Mar de Japón, y fueron detenidos por la armada nipona, que les encauto un voluminoso cargamento de opio que traían desde China.
Cuando fueron procesados quedo en evidencia que los narcotraficantes tenían 22 años, también fueron procesados por falsificación de documentación, ya que los petisos se hacían pasar por pibes de 12 años. Por la droga les dieron 9 meses, pero por las cédulas falsas se comieron 15 años.
Con esto me quedo muy claro que si hay algo que no toleran los japoneses, es la mentira….
lunes, noviembre 06, 2006
sábado, noviembre 04, 2006
libre de aftosa con vacunación
Llegaron las vacaciones y mis padres decidieron enviarme a Uruguay a pasar unas semanas con un tío que estaba encargado de administrar una estancia en el departamento de Tacuarembó.El objetivo era que no perdiera contacto con mis raíces orientales (de la banda oriental se sobreentiende) ya que peligrosamente habia adquirido varios hábitos de la juventud japonesesa, que esta muy mal de la capocha.
Así que no hubo mejor idea que mandarme a estar en contacto con la naturaleza y las costumbres de los hombres de nuestro campo. La adaptación me costo bastante, venía del primer mundo y mi trato con animales se limitaba a alimentar y cuidar un llavero con bateria de litio que cumplia las funciones de mascota personal, que murio misteriosamente, posiblemente víctima de una tormenta eléctrica.
De pronto me encontraba montando a caballo y gritándoles a unas vacas toda clase de insultos para hacerles entender hacia donde debian dirigirse. Pero me acostumbré a mi nueva vida, no tenía más alternativa, ya que el aislamiento de aquel lugar y los efectos que le habían causado a la psiquis de mi querido familiar, hacían imposible pensar en una fuga o cualquier otro tipo de evasión. No me decidia entre que me atormentaba más, estar perdido en la oscuridad del campo o las consecuencias de ocasionarle un disgusto a mi tío; esta indecisión me condujo a la resignación.
Los días pasaban lentamente, no habia tele, el único medio que nos mantenía en contacto con la realidad del mundo exterior era la radio. Una mañana, la recuerdo con claridad, estaba en la cocina echando unos palos a la cocina a leña, en ese momento retumba por la habitación la inconfundible música que anunciaba un boletin especial y urgente de la emisora local, el locutor empleando un tono dramático alertaba sobre un brote de fiebre aftosa en un departamente vecino.
Con el correr de los días las noticias se sucedieron y la propagación del mal se dio por hecho, el gobierno decidió vacunar al rodeo nacional y empezó a repartir las vacunas.
La cara de preocupación de mi tío me inquietaba, no creia que el hecho de la pérdida de mercados para la exportación y la consiguiente baja del precio del ganado le generarn tanta angustia, teniendo en cuenta que los animales ni siquiera eran de su propiedad. Más tarde comprendí que era lo que lo preocupaba, su gran temor era que el virus me hubiese afectado, no soporto más ese sentimiento de culpa y tomo una valiente decisión, basada en su completa ignorancia biológica y médica, decidió vacunarme contra la aftosa.
Conservaba aún algunas vacunas de un brote ocurrido años atrás, tomo una jeringa XXL y procedió a inyectarme. Como todos sabemos una vacuna contiene básicamente una muestra viral leve que cumple la función de activar el sistema inmunológico y hacerlo resistente a dicho virus, pero en este caso es leve para un animal de 400 kgs, para un niño de 55 kg prácticamente es letal.
Mi condición desmejoro rápidamente y los síntomas eran tan variados como repugnantes, hubiese preferido morir que ser trasladado 35 kmts. a caballo hasta la casa con teléfono más cercana, pero ocurrió esto último. Al ver mi crítica situación el noble vecino decidió trasladarme en su camioneta Fordson al pueblo más cercano, donde recibiría un tratamiento apropiado.
Poco a poco los síntomas fueron remitiendo, pero mi estado seguia siendo delicado, al enterarse mis padres de la situación decidieron que no bien estuviera en condiciones de emprender el regreso, lo hiciera, ya que habían coordinado seguir mi tratamiento en una clínica japonesa de primer nivel.
Cuando arribé al aeropuerto de Tokio imediatamente me retiraron la ficha médica por 6 meses y me sometieron a todo tipo de pruebas. Como todos sabemos Japón es un país que se jacta de ser un territorio libre de aftosa, y también de vacas. En esos momentos, mi sola presencia representaba una verdadera amenaza biológica.
Si hubiese sido un buen hijo de vecino sin dudas las autoridades me hubiesen deportado y declarado enemigo público, pero al ser un bástago de un diplomático extranjero, el miedo a ocasionar un incidente internacional, obligo a los nipones a darme el debido tratamiento médico y permitirme la permanencia en su país.
Como los japoneses no tienen ni idea de lo que es Uruguay y teniendo en cuenta la mala experiencia que tuvieron años atrás, ahora lo piensan muy bien antes de armar algún quincho con un país que puede resultar ser una superpotencia nuclear, nunca se sabe.
Me recupere en poco tiempo y pronto volvi a mi primer amor, el fútbol….
Así que no hubo mejor idea que mandarme a estar en contacto con la naturaleza y las costumbres de los hombres de nuestro campo. La adaptación me costo bastante, venía del primer mundo y mi trato con animales se limitaba a alimentar y cuidar un llavero con bateria de litio que cumplia las funciones de mascota personal, que murio misteriosamente, posiblemente víctima de una tormenta eléctrica.
De pronto me encontraba montando a caballo y gritándoles a unas vacas toda clase de insultos para hacerles entender hacia donde debian dirigirse. Pero me acostumbré a mi nueva vida, no tenía más alternativa, ya que el aislamiento de aquel lugar y los efectos que le habían causado a la psiquis de mi querido familiar, hacían imposible pensar en una fuga o cualquier otro tipo de evasión. No me decidia entre que me atormentaba más, estar perdido en la oscuridad del campo o las consecuencias de ocasionarle un disgusto a mi tío; esta indecisión me condujo a la resignación.
Los días pasaban lentamente, no habia tele, el único medio que nos mantenía en contacto con la realidad del mundo exterior era la radio. Una mañana, la recuerdo con claridad, estaba en la cocina echando unos palos a la cocina a leña, en ese momento retumba por la habitación la inconfundible música que anunciaba un boletin especial y urgente de la emisora local, el locutor empleando un tono dramático alertaba sobre un brote de fiebre aftosa en un departamente vecino.
Con el correr de los días las noticias se sucedieron y la propagación del mal se dio por hecho, el gobierno decidió vacunar al rodeo nacional y empezó a repartir las vacunas.
La cara de preocupación de mi tío me inquietaba, no creia que el hecho de la pérdida de mercados para la exportación y la consiguiente baja del precio del ganado le generarn tanta angustia, teniendo en cuenta que los animales ni siquiera eran de su propiedad. Más tarde comprendí que era lo que lo preocupaba, su gran temor era que el virus me hubiese afectado, no soporto más ese sentimiento de culpa y tomo una valiente decisión, basada en su completa ignorancia biológica y médica, decidió vacunarme contra la aftosa.
Conservaba aún algunas vacunas de un brote ocurrido años atrás, tomo una jeringa XXL y procedió a inyectarme. Como todos sabemos una vacuna contiene básicamente una muestra viral leve que cumple la función de activar el sistema inmunológico y hacerlo resistente a dicho virus, pero en este caso es leve para un animal de 400 kgs, para un niño de 55 kg prácticamente es letal.
Mi condición desmejoro rápidamente y los síntomas eran tan variados como repugnantes, hubiese preferido morir que ser trasladado 35 kmts. a caballo hasta la casa con teléfono más cercana, pero ocurrió esto último. Al ver mi crítica situación el noble vecino decidió trasladarme en su camioneta Fordson al pueblo más cercano, donde recibiría un tratamiento apropiado.
Poco a poco los síntomas fueron remitiendo, pero mi estado seguia siendo delicado, al enterarse mis padres de la situación decidieron que no bien estuviera en condiciones de emprender el regreso, lo hiciera, ya que habían coordinado seguir mi tratamiento en una clínica japonesa de primer nivel.
Cuando arribé al aeropuerto de Tokio imediatamente me retiraron la ficha médica por 6 meses y me sometieron a todo tipo de pruebas. Como todos sabemos Japón es un país que se jacta de ser un territorio libre de aftosa, y también de vacas. En esos momentos, mi sola presencia representaba una verdadera amenaza biológica.
Si hubiese sido un buen hijo de vecino sin dudas las autoridades me hubiesen deportado y declarado enemigo público, pero al ser un bástago de un diplomático extranjero, el miedo a ocasionar un incidente internacional, obligo a los nipones a darme el debido tratamiento médico y permitirme la permanencia en su país.
Como los japoneses no tienen ni idea de lo que es Uruguay y teniendo en cuenta la mala experiencia que tuvieron años atrás, ahora lo piensan muy bien antes de armar algún quincho con un país que puede resultar ser una superpotencia nuclear, nunca se sabe.
Me recupere en poco tiempo y pronto volvi a mi primer amor, el fútbol….
miércoles, octubre 04, 2006
el DT

En un bar para extranjeros de mala muerte, en la parte antigua de la ciudad de Tokio, mi padre conoció a un parroquiano de aspecto particular, tenía la mirada perdida y lucia una impecable remera verde aceituna con una franja roja que atravesaba su pecho.
Resulto ser Roberto Sedinhio, un brasilero que habia llegado recientemente al país después de un largo viaje. Su extraña mirada tenía una explicación, poco tiempo atrás, fruto de la ingesta de alcohol azul en su Río de Janeiro natal, había perdido gran parte de su visión. Como buenos borrachos empedernidos, mi padre y Roberto no tardaron demasiado en hacerse grandes amigos.
El carioca comento a mi viejo que se ganaba la vida como entrenador de un equipo de fútbol infantil, le confeso que nunca tuvo demasiada idea sobre este deporte ya que desde muy joven se había volcado a la bebida y este hecho lo había irradiado de la practica de cualquier tipo de actividad física.
Lo poco que recordaba sobre fútbol era que después de un partido, cuando tenia 7 años, fue invitado con una cerveza por hinchas del equipo al que defendía, desde ese momento descubrió su verdadera vocación y se abrazo a la botella.
Nunca más piso un campo de juego, hasta que llego en calidad de polizonte a la ciudad portuaria de Nagasaki, en un barco ballenero japonés. Cuando contó esto último se le escapo un lagrimón, lo que denostaba una gran pena oculta. Contaba mi padre tiempo después que la vida a bordo no le resulto nada fácil y que los crueles marineros de ojos rasgados le hicieron pagar un alto precio por el traslado al ocasional compañero de viaje.
El pobre brasilero había abordado el buque en plena alucinación etílica creyendo estar en el Sea Princess, o mejor conocido como Crucero del Amor, la prominente calva del capitán ayudo a confundirlo aún más, pero al tiempo que los efectos de la borrachera que tenía desaparecían y al ver que ni Goffer ni el cantinero Issac aparecían por ningún lado, supo que se había metido en un problema serio.
Su vida en el barco le habia dado un tranco diferente al que tenia cuando caminaba por Ipanema o Copacabana rastreando restos de cerveza en envases abandonados, ahora caminaba con las piernas más arqueadas y los glúteos un poco más apretados; eso y dormir con un ojo abierto fueron las secuelas que le dejo aquella experiencia marítima que tanto lo atormentaba.
Una vez en tierra Roberto busco alguna forma digna de ganarse la vida, ya que el japones no es de dejar restos en las botellas, ni mucho menos envases tirados, por lo cual su anterior rutina paso a ser solo un recuerdo. Decidió presentarse en una agencia de empleo temporal, allí lo atendio una chica bastante atractiva que imediatamente descubrió que hablaba portugués, ya que habia estado chateando con un pibe brasilero de Pelotas. El pelotudo estaba estudiando japonés, vaya a saber con que intención y se engancho con esta loca.
La empleada repitió en un portugues básico: futebol - futebol - Pele - Tody, esto último fuera de contexto, pero tengamos presente que la chica solo repetia sonidos tal cual una cotorra verde en jaula de lata.
La japonesa inmediatamente recordo un puesto que estaba vacante y que de acuerdo a su razonamiento se adaptaba perfectamente al perfil del brasileño, se trataba de la búsqueda de un entrenador para el equipo de fútbol infantil del colegio local.
El anterior DT habia sido detenido por tráfico de pornografia infantil y el puesto estaba vacante.
Roberto no dudo un segundo en aceptar el cargo y para impresionar a la chica agrego en su curriculum que habia jugado en la selección brasileña y se habia retirado del fútbol por una lesión que afecto su visión. La japonesa en ningún momento se impresionó ya que no entendía nada de lo que anoto Roberto en su ficha personal, el brasuca que apenas sabia escribir, hizo unos garabatos y se retiro del local a paso de samba.
Así comenzo la historia de Roberto al frente del Nankatsu....
Resulto ser Roberto Sedinhio, un brasilero que habia llegado recientemente al país después de un largo viaje. Su extraña mirada tenía una explicación, poco tiempo atrás, fruto de la ingesta de alcohol azul en su Río de Janeiro natal, había perdido gran parte de su visión. Como buenos borrachos empedernidos, mi padre y Roberto no tardaron demasiado en hacerse grandes amigos.
El carioca comento a mi viejo que se ganaba la vida como entrenador de un equipo de fútbol infantil, le confeso que nunca tuvo demasiada idea sobre este deporte ya que desde muy joven se había volcado a la bebida y este hecho lo había irradiado de la practica de cualquier tipo de actividad física.
Lo poco que recordaba sobre fútbol era que después de un partido, cuando tenia 7 años, fue invitado con una cerveza por hinchas del equipo al que defendía, desde ese momento descubrió su verdadera vocación y se abrazo a la botella.
Nunca más piso un campo de juego, hasta que llego en calidad de polizonte a la ciudad portuaria de Nagasaki, en un barco ballenero japonés. Cuando contó esto último se le escapo un lagrimón, lo que denostaba una gran pena oculta. Contaba mi padre tiempo después que la vida a bordo no le resulto nada fácil y que los crueles marineros de ojos rasgados le hicieron pagar un alto precio por el traslado al ocasional compañero de viaje.
El pobre brasilero había abordado el buque en plena alucinación etílica creyendo estar en el Sea Princess, o mejor conocido como Crucero del Amor, la prominente calva del capitán ayudo a confundirlo aún más, pero al tiempo que los efectos de la borrachera que tenía desaparecían y al ver que ni Goffer ni el cantinero Issac aparecían por ningún lado, supo que se había metido en un problema serio.
Su vida en el barco le habia dado un tranco diferente al que tenia cuando caminaba por Ipanema o Copacabana rastreando restos de cerveza en envases abandonados, ahora caminaba con las piernas más arqueadas y los glúteos un poco más apretados; eso y dormir con un ojo abierto fueron las secuelas que le dejo aquella experiencia marítima que tanto lo atormentaba.
Una vez en tierra Roberto busco alguna forma digna de ganarse la vida, ya que el japones no es de dejar restos en las botellas, ni mucho menos envases tirados, por lo cual su anterior rutina paso a ser solo un recuerdo. Decidió presentarse en una agencia de empleo temporal, allí lo atendio una chica bastante atractiva que imediatamente descubrió que hablaba portugués, ya que habia estado chateando con un pibe brasilero de Pelotas. El pelotudo estaba estudiando japonés, vaya a saber con que intención y se engancho con esta loca.
La empleada repitió en un portugues básico: futebol - futebol - Pele - Tody, esto último fuera de contexto, pero tengamos presente que la chica solo repetia sonidos tal cual una cotorra verde en jaula de lata.
La japonesa inmediatamente recordo un puesto que estaba vacante y que de acuerdo a su razonamiento se adaptaba perfectamente al perfil del brasileño, se trataba de la búsqueda de un entrenador para el equipo de fútbol infantil del colegio local.
El anterior DT habia sido detenido por tráfico de pornografia infantil y el puesto estaba vacante.
Roberto no dudo un segundo en aceptar el cargo y para impresionar a la chica agrego en su curriculum que habia jugado en la selección brasileña y se habia retirado del fútbol por una lesión que afecto su visión. La japonesa en ningún momento se impresionó ya que no entendía nada de lo que anoto Roberto en su ficha personal, el brasuca que apenas sabia escribir, hizo unos garabatos y se retiro del local a paso de samba.
Así comenzo la historia de Roberto al frente del Nankatsu....
domingo, setiembre 03, 2006
sábado, setiembre 02, 2006
sumo y pierdo
Llegue a Japón a la temprana edad de 12 años, mi viejo, Carlos Olivera y Ordoñez había perdido su banca de diputado por Canelones y por un acomodo político fue designado embajador del lejano país asiático.
Me llevaron engañado, mis padres temían que al saber la verdad sobre mi futuro destino realizaría todo tipo de berrinches para evitar el traslado. Me dijeron que íbamos al cumpleaños de un tío que era luchador de sumo en Tokio, que se sentía muy solo y como estaba amasando una torta de guita nos había mandado los pasajes para que lo visitáramos durante una semanita.
Caí como un angelito y marche contento.
Como buen hijo único era bastante caprichoso, además siempre tuve miedo a lo desconocido y nunca dude en preferir lo malo conocido que lo bueno por conocer, y esta era una situación típica de ese estilo, en la que hubiese optado por mantener mi rutina tal cual transcurría hasta esos días.
Mi vida en Montevideo no era algo envidiable, como para querer aferrarme a la misma y sentir una inmensa angustia por abandonarla.
Jamás me destaque en los deportes que otorgaban popularidad, sí lo hice en las damas y en la conga, pero eso no inspiraba respeto de nadie.
No tenia un caracter fuerte y mi fino sentido del humor tenía chispasos muy esporádicos y en la mayoría de las veces las sutilezas que lanzaba pasaban completamente desapercibidas.
Además, una de mis principales vetas, que es reirme de los demás, estaba completamente coartada por el hecho de que cualquiera, y remarco la palabra cualquiera, que fuera objeto de mi burla, reaccionaba aplicando una violencia inusitada hacia mí, lo que me condujo a censurar completamente este tipo de comentarios, por lo menos en voz alta.
Sin duda que si hubiese tenido el caracter o la fuerza o la posición social que me brindara impunidad para expresarme libremente, hubiese sido un chico muy popular, uno de esos que los demás miran para escuchar con que ocurrencia los sorprenderá.
Pero ese no era mi caso.
En esa época de mi vida me habían llegado rumores de que una chica, hermosa ella, se había interesado en mi.
Debo traducir esta situación diciendo que la gorda de la clase, y confesora por naturaleza de las demás chicas, me dijo que le gustaba a esta fulana.
La gorda era un personaje especial, porque lo que Dios le había dado de sobrepeso también se lo había dado de madurez y capacidad de escuchar y comprender a sus semejante, razón por la cual nunca me cayo en gracia.
Nótese que mantendré en el anonimato la identidad de la que en esos momentos se insinuaba como mi futura dragona, lo hago porque soy un caballero y en el fondo de mí, muy en el fondo, aún mantengo la esperanza de poder conquistarla, ya que a pesar de los aproximadamente 50 kilos que ha ganado en estos últimos 18 años y de los 3 pibes que tiene, sigue estando buena.
Volviendo al tema, esa noticia conmocionó mi mundo sentimental, estaba a punto de embarcarme en una relación con una chica preciosa, no muy brillante desde el punto de vista académico, pero a quién le importa, era divina creanme.
Pasaron un par de días y no sabia que hacer, para colmo mis dos amigos, que coincidían exactamente con el número de personas que me respetaban y me trataban como un semejante, era precisamente semejantes nabos y era imposible esperar de ellos un consejo que iluminara mi camino.
Tuve que actuar por instinto, pensé incesantemente una estrategia pero me encontraba en terreno completamente desconocido.
Una mañana tomé una decisión, que hasta estos días me persigue cuán perro de bichicome al carro de su amo.
Encare a la rubia de ojos verdes, demostrando un coraje inusitado en mí y el cual me hace poner la piel de gallina al rocordarlo y le pregunte mirándola a los ojos: vos dijiste que yo te gustaba??
ella sonrió, miro el piso, pasaron unos instantes y se limito a decir: no.
Se dio vuelta y se fue con su inseparable amiga, una flaca que también me gustaba desde el primer día que la conocí.
Que poder de síntesis, quede impactado, fué lo único que pronunció, yo dije: ahh
como para salir de la incomoda situación y comprendí que todo el futuro que había planeado junto a ella difícilmente se haría realidad.
Yo reconozco que fui un idiota, porque si hay algo que tengo es autocrítica sentimental, pero hay atenuantes: la inexperiencia, los nervios, la falta de asesoramiento, el ser un personaje completamente secundario dentro del grupo, etc. etc.
Pero hasta hoy me pregunto que le hubiese contestado si me respondía: si
creo que hubiese utilizado el mismo: ahh
Tal vez hubiese sellado la conversación con un: queres ser mi novia??
pero esto lo pienso ahora, fruto del bagaje de experiencias que arrastro, en aquel momento probablemente me hubiese inventado una excusa idiota para terminar la conversación.
Como me duele recordar esto, miro hacia mi pasado y ese perro siempre viene ahí, siguiendo mi carro....
Me llevaron engañado, mis padres temían que al saber la verdad sobre mi futuro destino realizaría todo tipo de berrinches para evitar el traslado. Me dijeron que íbamos al cumpleaños de un tío que era luchador de sumo en Tokio, que se sentía muy solo y como estaba amasando una torta de guita nos había mandado los pasajes para que lo visitáramos durante una semanita.
Caí como un angelito y marche contento.
Como buen hijo único era bastante caprichoso, además siempre tuve miedo a lo desconocido y nunca dude en preferir lo malo conocido que lo bueno por conocer, y esta era una situación típica de ese estilo, en la que hubiese optado por mantener mi rutina tal cual transcurría hasta esos días.
Mi vida en Montevideo no era algo envidiable, como para querer aferrarme a la misma y sentir una inmensa angustia por abandonarla.
Jamás me destaque en los deportes que otorgaban popularidad, sí lo hice en las damas y en la conga, pero eso no inspiraba respeto de nadie.
No tenia un caracter fuerte y mi fino sentido del humor tenía chispasos muy esporádicos y en la mayoría de las veces las sutilezas que lanzaba pasaban completamente desapercibidas.
Además, una de mis principales vetas, que es reirme de los demás, estaba completamente coartada por el hecho de que cualquiera, y remarco la palabra cualquiera, que fuera objeto de mi burla, reaccionaba aplicando una violencia inusitada hacia mí, lo que me condujo a censurar completamente este tipo de comentarios, por lo menos en voz alta.
Sin duda que si hubiese tenido el caracter o la fuerza o la posición social que me brindara impunidad para expresarme libremente, hubiese sido un chico muy popular, uno de esos que los demás miran para escuchar con que ocurrencia los sorprenderá.
Pero ese no era mi caso.
En esa época de mi vida me habían llegado rumores de que una chica, hermosa ella, se había interesado en mi.
Debo traducir esta situación diciendo que la gorda de la clase, y confesora por naturaleza de las demás chicas, me dijo que le gustaba a esta fulana.
La gorda era un personaje especial, porque lo que Dios le había dado de sobrepeso también se lo había dado de madurez y capacidad de escuchar y comprender a sus semejante, razón por la cual nunca me cayo en gracia.
Nótese que mantendré en el anonimato la identidad de la que en esos momentos se insinuaba como mi futura dragona, lo hago porque soy un caballero y en el fondo de mí, muy en el fondo, aún mantengo la esperanza de poder conquistarla, ya que a pesar de los aproximadamente 50 kilos que ha ganado en estos últimos 18 años y de los 3 pibes que tiene, sigue estando buena.
Volviendo al tema, esa noticia conmocionó mi mundo sentimental, estaba a punto de embarcarme en una relación con una chica preciosa, no muy brillante desde el punto de vista académico, pero a quién le importa, era divina creanme.
Pasaron un par de días y no sabia que hacer, para colmo mis dos amigos, que coincidían exactamente con el número de personas que me respetaban y me trataban como un semejante, era precisamente semejantes nabos y era imposible esperar de ellos un consejo que iluminara mi camino.
Tuve que actuar por instinto, pensé incesantemente una estrategia pero me encontraba en terreno completamente desconocido.
Una mañana tomé una decisión, que hasta estos días me persigue cuán perro de bichicome al carro de su amo.
Encare a la rubia de ojos verdes, demostrando un coraje inusitado en mí y el cual me hace poner la piel de gallina al rocordarlo y le pregunte mirándola a los ojos: vos dijiste que yo te gustaba??
ella sonrió, miro el piso, pasaron unos instantes y se limito a decir: no.
Se dio vuelta y se fue con su inseparable amiga, una flaca que también me gustaba desde el primer día que la conocí.
Que poder de síntesis, quede impactado, fué lo único que pronunció, yo dije: ahh
como para salir de la incomoda situación y comprendí que todo el futuro que había planeado junto a ella difícilmente se haría realidad.
Yo reconozco que fui un idiota, porque si hay algo que tengo es autocrítica sentimental, pero hay atenuantes: la inexperiencia, los nervios, la falta de asesoramiento, el ser un personaje completamente secundario dentro del grupo, etc. etc.
Pero hasta hoy me pregunto que le hubiese contestado si me respondía: si
creo que hubiese utilizado el mismo: ahh
Tal vez hubiese sellado la conversación con un: queres ser mi novia??
pero esto lo pienso ahora, fruto del bagaje de experiencias que arrastro, en aquel momento probablemente me hubiese inventado una excusa idiota para terminar la conversación.
Como me duele recordar esto, miro hacia mi pasado y ese perro siempre viene ahí, siguiendo mi carro....
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