domingo, setiembre 03, 2006
sábado, setiembre 02, 2006
sumo y pierdo
Llegue a Japón a la temprana edad de 12 años, mi viejo, Carlos Olivera y Ordoñez había perdido su banca de diputado por Canelones y por un acomodo político fue designado embajador del lejano país asiático.
Me llevaron engañado, mis padres temían que al saber la verdad sobre mi futuro destino realizaría todo tipo de berrinches para evitar el traslado. Me dijeron que íbamos al cumpleaños de un tío que era luchador de sumo en Tokio, que se sentía muy solo y como estaba amasando una torta de guita nos había mandado los pasajes para que lo visitáramos durante una semanita.
Caí como un angelito y marche contento.
Como buen hijo único era bastante caprichoso, además siempre tuve miedo a lo desconocido y nunca dude en preferir lo malo conocido que lo bueno por conocer, y esta era una situación típica de ese estilo, en la que hubiese optado por mantener mi rutina tal cual transcurría hasta esos días.
Mi vida en Montevideo no era algo envidiable, como para querer aferrarme a la misma y sentir una inmensa angustia por abandonarla.
Jamás me destaque en los deportes que otorgaban popularidad, sí lo hice en las damas y en la conga, pero eso no inspiraba respeto de nadie.
No tenia un caracter fuerte y mi fino sentido del humor tenía chispasos muy esporádicos y en la mayoría de las veces las sutilezas que lanzaba pasaban completamente desapercibidas.
Además, una de mis principales vetas, que es reirme de los demás, estaba completamente coartada por el hecho de que cualquiera, y remarco la palabra cualquiera, que fuera objeto de mi burla, reaccionaba aplicando una violencia inusitada hacia mí, lo que me condujo a censurar completamente este tipo de comentarios, por lo menos en voz alta.
Sin duda que si hubiese tenido el caracter o la fuerza o la posición social que me brindara impunidad para expresarme libremente, hubiese sido un chico muy popular, uno de esos que los demás miran para escuchar con que ocurrencia los sorprenderá.
Pero ese no era mi caso.
En esa época de mi vida me habían llegado rumores de que una chica, hermosa ella, se había interesado en mi.
Debo traducir esta situación diciendo que la gorda de la clase, y confesora por naturaleza de las demás chicas, me dijo que le gustaba a esta fulana.
La gorda era un personaje especial, porque lo que Dios le había dado de sobrepeso también se lo había dado de madurez y capacidad de escuchar y comprender a sus semejante, razón por la cual nunca me cayo en gracia.
Nótese que mantendré en el anonimato la identidad de la que en esos momentos se insinuaba como mi futura dragona, lo hago porque soy un caballero y en el fondo de mí, muy en el fondo, aún mantengo la esperanza de poder conquistarla, ya que a pesar de los aproximadamente 50 kilos que ha ganado en estos últimos 18 años y de los 3 pibes que tiene, sigue estando buena.
Volviendo al tema, esa noticia conmocionó mi mundo sentimental, estaba a punto de embarcarme en una relación con una chica preciosa, no muy brillante desde el punto de vista académico, pero a quién le importa, era divina creanme.
Pasaron un par de días y no sabia que hacer, para colmo mis dos amigos, que coincidían exactamente con el número de personas que me respetaban y me trataban como un semejante, era precisamente semejantes nabos y era imposible esperar de ellos un consejo que iluminara mi camino.
Tuve que actuar por instinto, pensé incesantemente una estrategia pero me encontraba en terreno completamente desconocido.
Una mañana tomé una decisión, que hasta estos días me persigue cuán perro de bichicome al carro de su amo.
Encare a la rubia de ojos verdes, demostrando un coraje inusitado en mí y el cual me hace poner la piel de gallina al rocordarlo y le pregunte mirándola a los ojos: vos dijiste que yo te gustaba??
ella sonrió, miro el piso, pasaron unos instantes y se limito a decir: no.
Se dio vuelta y se fue con su inseparable amiga, una flaca que también me gustaba desde el primer día que la conocí.
Que poder de síntesis, quede impactado, fué lo único que pronunció, yo dije: ahh
como para salir de la incomoda situación y comprendí que todo el futuro que había planeado junto a ella difícilmente se haría realidad.
Yo reconozco que fui un idiota, porque si hay algo que tengo es autocrítica sentimental, pero hay atenuantes: la inexperiencia, los nervios, la falta de asesoramiento, el ser un personaje completamente secundario dentro del grupo, etc. etc.
Pero hasta hoy me pregunto que le hubiese contestado si me respondía: si
creo que hubiese utilizado el mismo: ahh
Tal vez hubiese sellado la conversación con un: queres ser mi novia??
pero esto lo pienso ahora, fruto del bagaje de experiencias que arrastro, en aquel momento probablemente me hubiese inventado una excusa idiota para terminar la conversación.
Como me duele recordar esto, miro hacia mi pasado y ese perro siempre viene ahí, siguiendo mi carro....
Me llevaron engañado, mis padres temían que al saber la verdad sobre mi futuro destino realizaría todo tipo de berrinches para evitar el traslado. Me dijeron que íbamos al cumpleaños de un tío que era luchador de sumo en Tokio, que se sentía muy solo y como estaba amasando una torta de guita nos había mandado los pasajes para que lo visitáramos durante una semanita.
Caí como un angelito y marche contento.
Como buen hijo único era bastante caprichoso, además siempre tuve miedo a lo desconocido y nunca dude en preferir lo malo conocido que lo bueno por conocer, y esta era una situación típica de ese estilo, en la que hubiese optado por mantener mi rutina tal cual transcurría hasta esos días.
Mi vida en Montevideo no era algo envidiable, como para querer aferrarme a la misma y sentir una inmensa angustia por abandonarla.
Jamás me destaque en los deportes que otorgaban popularidad, sí lo hice en las damas y en la conga, pero eso no inspiraba respeto de nadie.
No tenia un caracter fuerte y mi fino sentido del humor tenía chispasos muy esporádicos y en la mayoría de las veces las sutilezas que lanzaba pasaban completamente desapercibidas.
Además, una de mis principales vetas, que es reirme de los demás, estaba completamente coartada por el hecho de que cualquiera, y remarco la palabra cualquiera, que fuera objeto de mi burla, reaccionaba aplicando una violencia inusitada hacia mí, lo que me condujo a censurar completamente este tipo de comentarios, por lo menos en voz alta.
Sin duda que si hubiese tenido el caracter o la fuerza o la posición social que me brindara impunidad para expresarme libremente, hubiese sido un chico muy popular, uno de esos que los demás miran para escuchar con que ocurrencia los sorprenderá.
Pero ese no era mi caso.
En esa época de mi vida me habían llegado rumores de que una chica, hermosa ella, se había interesado en mi.
Debo traducir esta situación diciendo que la gorda de la clase, y confesora por naturaleza de las demás chicas, me dijo que le gustaba a esta fulana.
La gorda era un personaje especial, porque lo que Dios le había dado de sobrepeso también se lo había dado de madurez y capacidad de escuchar y comprender a sus semejante, razón por la cual nunca me cayo en gracia.
Nótese que mantendré en el anonimato la identidad de la que en esos momentos se insinuaba como mi futura dragona, lo hago porque soy un caballero y en el fondo de mí, muy en el fondo, aún mantengo la esperanza de poder conquistarla, ya que a pesar de los aproximadamente 50 kilos que ha ganado en estos últimos 18 años y de los 3 pibes que tiene, sigue estando buena.
Volviendo al tema, esa noticia conmocionó mi mundo sentimental, estaba a punto de embarcarme en una relación con una chica preciosa, no muy brillante desde el punto de vista académico, pero a quién le importa, era divina creanme.
Pasaron un par de días y no sabia que hacer, para colmo mis dos amigos, que coincidían exactamente con el número de personas que me respetaban y me trataban como un semejante, era precisamente semejantes nabos y era imposible esperar de ellos un consejo que iluminara mi camino.
Tuve que actuar por instinto, pensé incesantemente una estrategia pero me encontraba en terreno completamente desconocido.
Una mañana tomé una decisión, que hasta estos días me persigue cuán perro de bichicome al carro de su amo.
Encare a la rubia de ojos verdes, demostrando un coraje inusitado en mí y el cual me hace poner la piel de gallina al rocordarlo y le pregunte mirándola a los ojos: vos dijiste que yo te gustaba??
ella sonrió, miro el piso, pasaron unos instantes y se limito a decir: no.
Se dio vuelta y se fue con su inseparable amiga, una flaca que también me gustaba desde el primer día que la conocí.
Que poder de síntesis, quede impactado, fué lo único que pronunció, yo dije: ahh
como para salir de la incomoda situación y comprendí que todo el futuro que había planeado junto a ella difícilmente se haría realidad.
Yo reconozco que fui un idiota, porque si hay algo que tengo es autocrítica sentimental, pero hay atenuantes: la inexperiencia, los nervios, la falta de asesoramiento, el ser un personaje completamente secundario dentro del grupo, etc. etc.
Pero hasta hoy me pregunto que le hubiese contestado si me respondía: si
creo que hubiese utilizado el mismo: ahh
Tal vez hubiese sellado la conversación con un: queres ser mi novia??
pero esto lo pienso ahora, fruto del bagaje de experiencias que arrastro, en aquel momento probablemente me hubiese inventado una excusa idiota para terminar la conversación.
Como me duele recordar esto, miro hacia mi pasado y ese perro siempre viene ahí, siguiendo mi carro....
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